La necesidad de acuerdos entre ambas formaciones en distintas comunidades contrasta con la singularidad política ceutí, donde el equilibrio institucional podría verse condicionado por las directrices nacionales.
En el actual escenario político español, la aritmética parlamentaria ha empujado al Partido Popular y a Vox a explorar y consolidar acuerdos de gobierno en varias comunidades autónomas. La fragmentación del voto y la necesidad de mayorías estables han convertido estos pactos en una dinámica cada vez más habitual en la política nacional.
Sin embargo, esta tendencia encuentra un punto especialmente sensible en Ceuta, donde el modelo de gobernabilidad ha estado tradicionalmente basado en el equilibrio y los acuerdos puntuales. En este contexto, el papel de Juan Vivas ha sido determinante, apostando por una línea pragmática que le ha llevado a pactar en momentos clave tanto con formaciones localistas como con el PSOE.
No obstante, dentro del propio Partido Popular ceutí comienzan a percibirse tensiones internas. Algunos de sus representantes, tanto en el Congreso como en el Senado, se muestran más alineados con un giro hacia posiciones más conservadoras, en sintonía con la estrategia nacional y con una mayor cercanía a Vox.
Este contexto abre un escenario incierto para la ciudad. Si se consolida un pacto a nivel nacional entre PP y Vox, la presión desde la dirección nacional —conocida como Génova— podría obligar a replicar esos acuerdos en territorios como Ceuta. En ese supuesto, el margen de maniobra de Juan Vivas se vería notablemente reducido, viéndose abocado a entenderse con Vox si así lo marcan las directrices del partido.
Al mismo tiempo, Ceuta presenta una particularidad que agrava esta situación: la ausencia de una fuerza localista potente que actúe como contrapeso, al estilo de lo que ocurre en Canarias. La falta de un movimiento político local fuerte, capaz de aglutinar el voto en torno a una defensa clara de los intereses específicos de la ciudad, deja el tablero más expuesto a la lógica de bloques nacionales.
En este escenario, algunos analistas advierten de que Ceuta podría quedar progresivamente en manos de posiciones más duras si se impone una política de alianzas rígida, condicionada por pactos estatales y sin la mediación de un actor local fuerte que module esas dinámicas.
Así, la ciudad autónoma se enfrenta a una encrucijada política de gran calado: mantener su modelo tradicional de consensos y transversalidad o adaptarse a una nueva etapa marcada por la polarización y la disciplina de partido. El desenlace marcará no solo el futuro político de Ceuta, sino también su capacidad para preservar una identidad política propia dentro del complejo tablero nacional.





