Como musulmán y como español, lo ocurrido en el partido entre España y Egipto en el RCDE Stadium no solo me avergüenza, sino que me duele profundamente.
El cántico «Musulmán el que no bote es» no es una simple provocación de grada. Es un mensaje cargado de ignorancia y de exclusión. Es recordar, una vez más, que para algunos todavía hay españoles de primera y de segunda, dependiendo de su fe, su origen o su identidad.
Crecí sintiendo que el fútbol era un espacio donde todos cabíamos. Donde el escudo y la camiseta estaban por encima de cualquier diferencia. Pero escenas como esta rompen esa idea y nos obligan a preguntarnos qué tipo de sociedad estamos reflejando en nuestros estadios.
Lo más contradictorio (y también lo más revelador) es que uno de los jugadores más aplaudidos de la selección fuera Lamine Yamal. Un joven español, brillante, admirado… y musulmán. ¿Cómo se explica que se coree su nombre mientras se entonan cánticos que atacan precisamente lo que forma parte de su identidad? Esa incoherencia debería hacernos reflexionar como sociedad.

Tampoco ayuda el silencio. Existe un protocolo contra el racismo y la xenofobia, pero su ausencia en momentos como este transmite un mensaje peligroso: que estas actitudes pueden tolerarse si no generan suficiente ruido.
Ser musulmán y español no es una contradicción. Es una realidad cotidiana para miles de personas que viven, trabajan, sienten y animan a su país como cualquiera. Por eso, duele especialmente que en un estadio, representando a España, se escuchen palabras que excluyen en lugar de unir.
El fútbol tiene una fuerza enorme. Puede ser un vehículo de respeto, de convivencia y de orgullo compartido. Pero para ello, todos —aficionados, instituciones y protagonistas— debemos estar a la altura.
Porque cuando una parte de España se siente señalada en una grada, perdemos todos.




