En el episodio 362, la protagonista de la serie de RTVE fallece luego de un parto complejo. La despedida de la duquesa, que incluye el perdón a su tía Victoria y su compromiso de amor eterno con Rafael, marca el cierre de una etapa fundamental en la Casa Grande.
El miércoles por la tarde, 25 de febrero, los seguidores de ‘Valle Salvaje’ presenciaron un desenlace impactante para la heroína de esta producción de la cadena pública. Adriana Salcedo de la Cruz, interpretada por la actriz Rocío Suárez de Puga, falleció en el capítulo 362 debido a complicaciones graves durante un parto extremadamente complicado. RTVE había anticipado la muerte de la duquesa como un cambio importante en febrero, lo que deja un vacío notable en las historias de la Casa Grande y la Casa Pequeña.
El fallecimiento de Adriana se debió a un sangrado interno severo. Pese a la intervención del doctor Atanasio y los esfuerzos médicos, la gravedad de su estado provocó un desenlace fatal. La protagonista afrontó su final con serenidad, dedicando sus últimos momentos a reconciliar conflictos y asegurar la protección de quienes la rodean.
El perdón inesperado y el legado familiar
Uno de los instantes más destacados del episodio fue el acercamiento entre Adriana y su tía Victoria. En un momento de sinceridad, la duquesa pidió disculpas por las tensiones surgidas en su búsqueda de autonomía. La joven expresó: «Usted me quiere», consiguiendo un intercambio afectuoso con Victoria que pocas veces se había mostrado plausible en capítulos anteriores.
Además, la continuidad familiar quedó definida en una escena simbólica. Bárbara y el pequeño Pedrito entraron en la habitación con tulipanes —las flores favoritas de Adriana— para recibir su última petición. La duquesa encomendó a su hermana la responsabilidad y cuidado de Pedrito, reconociéndola como la nueva líder de la familia Salcedo.
Una amistad sólida y el despedida final
La faceta más humana de Adriana se reflejó en su despedida con Luisa. La profundidad de su relación se evidenció cuando la duquesa le dijo a su criada: «Crees que no posees nada, pero me has dado todo». Tras estas palabras, Luisa se comprometió solemnemente a cuidar a la pequeña María como si fuera su propia hija, asegurando así el bienestar de la descendiente de Adriana.
El momento de mayor carga emocional tuvo lugar en la intimidad conyugal. Rafael Gálvez de Aguirre, sosteniendo la mano de su esposa, cumplió su última voluntad: recordar la noche en que se conocieron. Con recuerdos de un vestido azul y aquel primer baile en que “la música se detuvo”, Rafael prometió que su hija escucharía “la historia de amor más hermosa jamás contada”. Con un último “te quiero” y una lágrima en su rostro, Adriana Salcedo de la Cruz cerró los ojos definitivamente, culminando su deseo de “ser libre para amar”.


