Ramón Rodríguez Casaubón
Parece que no queremos darnos cuenta. El IPC bastante elevado, al igual que la inflación, para colmo el Banco Central Europeo sube los tipos de interés por primera vez en casi tres años y empeora sus previsiones de inflación,… y podemos seguir dando datos macroeconómicos que demasiada gente no entiende, y a más aún no le interesa. Pero lo cierto en román paladino es que cada día le cuesta más llegar a fin de mes, los precios suben y su sueldo ¡no!, los alquileres aumentan y su sueldo ¡no!, la hipoteca se encarece y su sueldo mengua proporcionalmente y ahora tomarse un café es casi un lujo para usted ¡qué decir de comerse un huevo frito! Mientras esto sucede la sensación de déjà vu no cesa de acompañarnos. Si no es consciente de que intencionalmente le están empobreciendo y obligando a dar gracias a Dios o a quién crean por tener un trabajo con el que no consigue estabilidad económica, con el que no puede pagar el alquiler, irse de vacaciones unos días o pagar un campamento de verano a sus hijos, es porque es usted un lerdo o está demasiado ocupado siendo pluriempleado y no tiene tiempo ni para respirar.
Sony nos ha mostrado el camino por el que nos obligan a caminar los tecnocapullos que dirigen el mundo y nos consideran a todos los demás como siervos de la gleba o abono para transgénicos. Deja de vender juegos en formato físico. Muchos pensarán ¡y a mí qué más me da! Pues le da, le da, querido lector. Es la última muestra del control corporativo de la sociedad y la agonía del espacio comunitario. Las distopías más terribles de mediados y comienzo del siglo XX se materializan con enorme fuerza y nitidez. Aunque, como ya he dicho, no queramos verlo.
La era digital bajo la promesa original de un acceso democrático y universal al conocimiento ha demostrado una realidad absolutamente restrictiva. Lejos de intentar expandir la cultura, de hacerla universal, se la parcela. Como en el salvaje oeste se la acota con alambre de espino que no es más que el poder adquisitivo que posee cada individuo. Asistimos a una inquietante transición donde determinadas empresas controlan el mercado de los bienes culturales a la par que establecen las pautas conductuales de la sociedad. Es decir, las normas, que lejos de basarse en la costumbre lo hacen en el beneficio económico, transformando el acto colectivo de compartir en una transacción individualizada y estéril. Nos encontramos ante un momento decisivo de la humanidad en el que nos aproximamos con intensa aceleración a una peligrosa fragmentación social. Ya existente, pero la grieta aún no es insalvable, aunque queda muy poco para que así sea. Los dueños del producto no solo hacen inventario de él, sino también de sus consumidores. Nos convertimos en una mercancía más. Y no es necesario acudir a Polanyi para percatarnos de ello.
Al pasar del formato físico al digital bajo el modelo de licencias y plataformas, se imponen restricciones técnicas y legales que alteran la forma en que interactuamos con el arte y el conocimiento. Aunque eso ya lo tenemos con plataformas de streaming por suscripción ¿Cuándo fue la última vez que se compró una película en formato físico?
Tradicionalmente, la cultura ha sido un catalizador social. Un libro, un disco o una película eran entidades vivas que transmitían su esencia al pasar de mano en mano, creando comunidades de diálogo, debate y empatía. Hoy, las pautas conductuales impuestas por los algoritmos y los contratos de usuario de las empresas aíslan al individuo. Nos convierten en un oasis dentro de un desierto de egoísmo cercado por un campo de minas. Ya no se concibe a la comunidad como el destino de la cultura, sino a una suma de consumidores aislados, impactando directamente en la estructura misma de la sociedad. Siga con los ojos cerrados si eso le hace tontamente feliz pero la realidad siempre se impone a la ficción.
Bajo el velo de la modernidad y la comodidad, yace una “cultura en cuidados paliativos” infectada por la avaricia y el consumismo ignorante. Al consentir, y reconocer, que el derecho a compartir pueda ser tipificado como un delito o una imposibilidad técnica, estamos entregando no solo nuestro dinero, sino nuestra alma. Destruimos la capacidad de construir una identidad colectiva y libre. Es decir, aquello que nos hizo, y hace, humanos.
Permítanme no dejarles sin reseñar a Soul Etspes: “Si dejo que me compres defino lo que soy”.




