CAPÍTULO 1 DE 3 · EL GLOBO SE INFLA
Javier Garcia
El baño de masas: cuando la calle empezó a marcar el discurso
Juan Vivas pasó de la moderación a reclamar expulsiones inmediatas durante la crisis migratoria. ¿Convicción, presión popular o cálculo electoral?
Durante semanas, Juan Vivas estuvo en todas partes: manifestaciones, platós de televisión, declaraciones contundentes y reuniones institucionales. La crisis migratoria le proporcionó un protagonismo público extraordinario.
Vivas participó en manifestaciones donde se reclamaba la expulsión inmediata de quienes algunos asistentes llamaban «invasores». Se dio auténticos baños de masas, acompañando el malestar ciudadano con un discurso mucho más duro que el que había caracterizado su trayectoria política.
¿Compartía aquellas exigencias o prefirió no distanciarse de quienes le aplaudían?
Había un inconveniente que Vivas conocía: la ley no permitía expulsiones indiscriminadas. De hecho, antes de la crisis ya había reconocido que determinadas devoluciones encontraban impedimentos legales.
¿Por qué entonces alimentar expectativas que sabía, o debía saber, que no podían cumplirse? ¿Por qué no explicar a aquella multitud que la legalidad también debe respetarse cuando resulta incómoda?
La preocupación ciudadana era comprensible. Ceuta atravesaba una situación extraordinaria. Pero gobernar no consiste únicamente en acompañar la indignación, sino también en explicar los límites de las soluciones que se reclaman.
Y surge otra pregunta: ¿cuánto influyó Génova en el endurecimiento de Vivas? ¿Fue una decisión propia o respondió también a la confrontación electoral del PP con Pedro Sánchez?
No hay pruebas públicas de instrucciones directas de la dirección nacional del partido, pero la coincidencia política invita a plantear esas preguntas.
Mientras tanto, las exigencias crecían y también las expectativas. Parecía que bastaba con reclamar más contundencia para conseguir expulsiones inmediatas, como si el único obstáculo fuera la voluntad del Gobierno central.
El globo se inflaba. Y cada aplauso parecía darle un poco más de aire.
Vivas tenía derecho a exigir recursos y responsabilidades al Estado. Pero un presidente no es un manifestante más. Sus palabras tienen consecuencias, especialmente en una ciudad sometida al miedo, la indignación y las tensiones sociales.
Cuando se alimentan expectativas imposibles de satisfacer inmediatamente, la frustración posterior puede ser todavía mayor.
Y Vivas aún tenía por delante un recorrido por despachos e instituciones donde comprobaría que los aplausos podían cambiar, pero los límites legales permanecían.




