Karim Prim
Hay ciudades que construyen su prosperidad a partir de su ubicación geográfica. Ceuta, sin embargo, lleva demasiado tiempo dando la espalda a una de sus mayores fortalezas: su condición de ciudad fronteriza.
Nuestra ciudad ocupa una posición privilegiada entre Europa y África, junto a uno de los pasos marítimos más importantes del mundo y frente a un mercado de millones de potenciales consumidores. Pocas localidades disponen de una oportunidad semejante. Sin embargo, durante décadas hemos preferido buscar respuestas en cualquier dirección antes que afrontar con seriedad el verdadero debate sobre nuestro futuro económico.
Se ha hablado de turismo, de digitalización, de incentivos fiscales y de nuevos sectores productivos. Algunas iniciativas han aportado dinamismo y oportunidades, pero ninguna ha conseguido sustituir el papel que históricamente desempeñó la frontera como motor de actividad económica y comercial.
La realidad es sencilla: Ceuta no puede entenderse sin su frontera. Forma parte de nuestra identidad, de nuestra historia y, sobre todo, de nuestras posibilidades de crecimiento. Ignorar esta evidencia es renunciar voluntariamente a una ventaja competitiva que muy pocas ciudades poseen.
Mientras otras regiones fronterizas trabajan para facilitar la movilidad de personas, mercancías e inversiones, aquí seguimos conviviendo con obstáculos burocráticos, incertidumbre permanente y una preocupante ausencia de planificación estratégica. La frontera no puede seguir siendo un problema crónico gestionado a base de improvisaciones. Necesita estabilidad, coordinación y una visión de futuro compartida por todas las administraciones implicadas.
El verdadero potencial económico de Ceuta se encuentra en su capacidad para convertirse en un punto de encuentro entre dos realidades complementarias. Somos territorio europeo, pero también una ciudad estrechamente vinculada al norte de Marruecos. Millones de personas viven a pocos kilómetros de nuestras fronteras y representan una oportunidad comercial, turística y empresarial que no debería ser ignorada.
Sin embargo, las dificultades de movilidad, las limitaciones administrativas y la falta de acuerdos sólidos entre ambos lados de la frontera reducen considerablemente las posibilidades de crecimiento para quienes desean invertir, emprender o generar empleo.
A ello se suma otro problema estructural: la excesiva dependencia de la administración pública. Durante años hemos normalizado un modelo económico donde el empleo público y las subvenciones ocupan un papel central. Sin duda son herramientas necesarias, pero difícilmente pueden convertirse en la única respuesta para el desarrollo de una ciudad que aspira a generar riqueza y oportunidades para las nuevas generaciones.
Ceuta necesita una economía más dinámica, más abierta y menos dependiente. Necesita empresas capaces de crecer, comercios capaces de competir y emprendedores que encuentren incentivos reales para desarrollar sus proyectos. Y para lograrlo resulta imprescindible abordar de una vez por todas el debate sobre la frontera sin complejos ni discursos prefabricados.
La ciudad posee talento, recursos y una ubicación excepcional. Lo que falta es la determinación política para aprovechar plenamente esas ventajas.
Quizá haya llegado el momento de dejar de contemplar la frontera como una dificultad permanente y empezar a verla como lo que siempre debió ser: la principal oportunida




